LA MISTICA DEL ENCIERRO PSIQUIATRICO,O DE UNA DE LAS FORMAS VELADAS DE LA PRISON POR TIEMPO INDETERMINADO
Por Christian Courtis
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La legitimación teórica del encierro coactivo en hospitales y colonias psiquiatricas ha seguido básicamente dos grandes líneas justifcativas. Por un lado, el argumento terapéutico de tinte humanitario que postula la privación de la libertad como medio de tratamiento, resocialización y rehabilitacíón del interno. Por el otro, la variante preventiva, que puede o no aceptar la faceta terapeutica, pero pone especial énfasis en recalcar que el encierro obedece a razones de contention y defensa social.
Proponemos aquí algunos interrogantes a la luz de reflexiones éticas, datos empíricos, analogías carcelarias y otras fuentes de cuestionamiento.
Comencemos por trazar ciertos paralelos. Uno de los temas fundantes de la reflexión penal y criminológica es la teoría de la pena. La pena que estructura y vertebra los sistemas penales occidentales es la privation de la libertad. Con ello encontramos una fundamental coincidencia, aunque los doctrinarios clásicos del derecho penal nos dirán que la condena penal se caracteriza por el reproche moral, mientras que la internación coactiva carece de tal elemento. Dada esta ausencia de reproche moral, podemos imaginar que dentro de las líneas que justifican la internación psiquiátrica no cabe lugar para la correspondiente al retribucionismo. Podemos pensar, entonces, en utilitarismos diversos, preventivo-especiales, preventivo-generales o preventivo-integradores.
Refirámonos entonces a la prevención especial psiquiátrica adelantada renglones atrás. Se trata de encerrar para reeducar: "te privo de to libertad para que aprendas a usar tu libertad". El encierro ordena las condiciones de aprendizaje, en oposición al medic, que pierde la atención entre estímulos desordenados, aturdidores, enloquecedores. De algún modo la extraña química del encierro propone una nueva infancia, un lugar donde volver a aprenderlo todo dentro de límites controlados. Este modelo lleva ínsito un proceso que podríamos anatematizar como de graduation: la libertad se recupera una vez reaprendido el sentido de la libertad. Quien egresa del psiquiátrico renace, queda emplazado nuevamente en el comienzo. Como dijimos se trata de un paradigma humanitario, de ayuda al prójimo, de sustento al débil.
Como modelo educativo, se rige por relaciones asimétricas: maestros-psiquiatras, ayudantes-enfermeros, alumnos-pacientes; los internos son agrupados en secciones similares a grados y divisiones; el guardapolvo distinguirá los status; incluso se designarán alumnos-pacientes aventajados para controlar y guiar a sus compañeros.
Sin embargo el proceso de enseñanza que propone el psiquiátrico tiene sus particularidades: para la disciplina teórica que hegemoniza el control y práctica hospitalaria, uno de los métodos viables es el de ingestion de medicamentos jornalizados. Por otro lado la posibilidad de seguir modelos de conducta apropiados es escasa ya que los ejemplos que los internos tienen a su alcance en lo atinente a qué resultados debe operar el aprendizaje (medicos, enfermeros) son sensiblemente inferiores en cantidad frente al resto de los internos, limitando además su prevencia al cumplimiento del horario de trabajo.
El impacto de las constataciones empíricas ponen en profunda crisis el modelo terapéutico. El primer dato -por otro lado obvio- es el exiguo o nulo número de externaciones que produce el psiquiátrico. Manteniendo la licencia de la "graduación" digamos que los requisitos exigidos para el egreso parecen ser muy rigurosos. El hospital psiquiátrico no cura: el promedio de internación de pacientes forzados en hospitales como el Borda o el Moyano es de 10 a 15 años según cifras de la Subsecretaría de Salud Mental (Min. de Salud y A. Social) que datan de 1985, aclarando que son estadísticas que no reflejan el alto índice de mortandad por enfermedades infecciosas.
Otro dato que demuele los cimientos de la doctrina terapéutica es hoy la consatación del denominado |
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síndrome de hospitalismo, que lejos de tratarse de una "dolencia" constituye simplemente la asimilación por parte del interno de las pautas de convivencia propias del psiquiátrico, es decir de una forma de socialización o de modo más gráfco de una forma de barbari zación al tiempo que en sentido inverso se produce una aguda desocialización consistente en el desplazo de las normas sociales de comportamierito por las normas de vida manicomial. De este modo el interno reaprende a comer con las manos, vestirse con los harapos que considera cómodos, canalizar su deseo sexual a traves de la homosexualidad y masturbación colectiva, asumir el rol de carenciado frente al visitante para inducir la dación de limosna, agruparse en bandos que aseguren una mejor posibilid ad de defensa, soportar el paso del tiempo a través del armado de cigarrillos y la preparación de mate, etc.
En este punto es especialmente ilustrativa la comparación de conclusiones actuales de criminología crítica en el esfuerzo interpretativo del paradigma etiológico: la idea de que la pobla ción carcelaria, lejos de confirmar la vinculación de determinados arquetipos "criminales" en la comisión delictiva, da cuenta en forma palmaria de la operación selectiva del sistema penal, haciendo eco del mito de la profecía autorrealizada, tiene un reflejo sorprendente en la realidad manicormial: es el propio encierro el que determina directamente al interno a asumir el arquetipo buscado: ¿cómo impedir la homosexualidad generali zada cuando se obliga a convivir a 1500 personas del mismo sexo? (En nuestra metáfora del segundo aprendizaje, digamos que el modelo plantea una vuelta a la niñez y por lo tanto la pérdida del deseo).
¿Cómo pretender una presentación fisica acorde a las pautas sociales si se combinan condiciones económicas y materiales subhumanas con una absoluta ausencia de estimulo por la propia imagen? ¿Como pretender el use de cuchillos y tenedores si la falta de mecanismos de inhibición y la burda preparación de los alimentos lo hacen innecesario? ¿Cómo impedir el anquilosamiento de ciertos hábitos -cigarillos, mate, sueño- si el modelo no prevé formas de ocupar el tiempo? Con lo cual queremos dejar sentado que la asunción del estereotipo "loco" responde a requisitos de lógica interna del sistema de encierro. Recogiendo la observación de Zaffaroni acerca de la existencia de un segmento de la poblacíón carcelaria que pasa al manicomio, otro (el mayor) que se adecua al estereotipo inducido, convirtiéndose en cliente habitual del sistema, y un tercer segmento que soporta la presión del encierro y recupera la libertad, digamos que en el psiquiátrico el segmento que no puede adaptarse a la vida manicomial se muere o se vuelve realmente loco, el grueso de la población asume el estereotipo, y un porcentaje menor, de gran equilibrio emocional y una alta dosis de libertad (en el sentido antropológíco del término) logra eludir el rol inducido y mante ner las pautas de socialización que traía.
Señalaremos un tercer flanco en el que el modelo terapéu tico entra en grave crisis. Se trata de la noción misma de terapia y los alcances de su implementación. Si bien las conditions de surgimiento y formulación de las distintas disciplinas científicas han supuesto un desarollo de marcada subdivisión de objetos y congruentemente de un elevado grado de autismo, la ausencia de resultados verificables de la terapia de encierro compulsivo en psiquiátricos ha despertado justificadas miradas críticas hacia aspectos que en el tejido discursivo de la psiquiatría constituyen simplemente recursos metodológicos: privación coactiva de la libertad, imposición forzada de un modelo de vida, administra ción profusa y obligatoria de psicofármacos, reclusión en servi cios de castigo, recurso al electroshock, o una oculta disciplina de contención física delegada a enfermeros y asistentes. Si se ha discutido y se discute éticamente el derecho al consumo de drogas y la posibilidad de sancionarlo, ¿qué pensar de la condena forzada a la adicción a psicofármacos? ¿Constituye un método terapéutico? ¿Puede concebirse la terapia forzada, en contra o aún |
prescindiendo de la opinion de su de stinatario? La gravedad de estos planteos nos conduce a la interferencia de distintas disciplinas en el campo de lo que era considerado como de pertinencia exclusiva de la psiquiatría en particular desde la Etica en lo atinente a la posición del psiquiatra, la Antropología filosófica tomando como referente la posición del paciente, y las actuales formulaciones de Derechos Humanos, en cuanto a la vinculación de la ley y las garantías de protección de la dignidad de las personas.
Sin perjuicio de ser pasible de otras críticas, las cuestiones que hemos consignado - exigüidad de los egresos, imposición de pautas de hospitalización, vulneración de la dignidad humana con la metodología de tratamiento empleada - demuestran la inviabilidad del modelo terapéutico que recurre a la internación coactiva como solución del problema de salud mental.
Si abandonamos la justificación terapéutica, ¿cómo legitim ar el sistema psiquiátrico vigente?
La segunda respuesta que expondremos se corresponde con la prevención general negativa. Esta posición, en su formu lación extrema, acepta la inutilidad terapéutica del hospital psiquiátrico. Sin embargo, en lo que podríamos calificar de postura cínica, justifica la necesidad del encierro coactivo con argumentos de defensa social: la peligrosidad de los dementes obliga a privarlos de su libertad y a someterlos a tratamientos de contención con el objeto de proteger a los miembros sanos de la sociedad. El encierro deviene entonces un imperativo de higiene social: esconder la parte enferma para evitar que dañe a la sana. El sentido que cobra entonces el enclaustramiento proporciona al psiquiátrico una función similar a la de una fortaleza, aunque en términos inversos: asegurando la protec ción de los extraños contra la potencial violencia de los habitantes. La comparación es útil para leer coherentemente el cercamiento mediante muros, rejas y alambre de púa.
Desde otra óptica, y aun cuando no se asuma voluntaria mente, el confinamiento de una colección de personas que se coneideran peligrosas, y la habilitación de ciertos técnicos autorizados a estudiarlas y contenerlas remite magnéticamente a la imagen de un bestiario, en el cual los internos son a la vez piezas de observación y seres que implican cierto riesgo y hacia los cuales es necesario guardar prudente distancia.
Con respecto al interrogante de qué actitud adoptar frente al encerrado, existe un abanico de respuestas que se extiende desde la que postula que debe concedérsele el conjunto mínimo de recursos que aseguren su subsietencia intramuros, hasta la que propone tratar al interno para anular su peligrosidad, reeducándolo. En este último segmento vemos que exiete una mediata aceptación de los presupuestos de la posición terapéu tica, ya que se plantea el confinamiento como forma primaria de defensa social pero se acepta que, subsidiariamente, puede cumplir funciones resocializadoras. Lo mismo sucede con algunos partidarios de la prevención general negativa en la reflexión penalística.
Digamos que esta justificación da cuenta en mayor medida que la anterior del funcionamiento real del aparato psiquiátrico institucional. Podemos entender los muros, la exigua cantidad de egresos, el absoluto eclecticismo que caracteriza los criterios de internación, ya que no se verifican pautas de discriminación por patología, el grado de violencia ejercido sobre los internos, la ausencia de interés por sus condiciones de vida, el sistemático esfuerzo dirigido a anular la voluntad del interno.
Sin embargo, esta position se alimenta de una serie de prejuicios, que a la luz de la investigación empírica han demostrado ser falsos.
En principio marquemos una incongruencia que tine a los puntos de partida defensistas de hipocresía: si se acepta que el psiquiátrico es un lugar de encierro, ¿por qué denominarlo hospital? ¿Y por qué encargar su regencia a una rama de la medicina como la psiquiatría ? Para ser consecuente con su planteo, los defensistas deberían asumir el carácter de centros de reclusión de los psiquiátricos, y delegar su dirección al servicio penitenciario, o bien deslindar la psiquiatría de la medicina e incorporarla al servicio penitenciario. El escudriñamiento de la posición en la envoltura del discurso médico demuestra que la asunción de su cinismo es limitada.
Por otro lado haremos una breve referencia al problema ético que significa otorgar a seres humanos la categoría de objetos, sometiéndolos a confinamientos por su alegada peligro sidad, y disponer de sus vidas en aras de la seguridad social. Creemos que se trata de un flanco insalvable a la luz de la ética, antropología filosófica y pensamiento de derechos humanos contemporáneo. Por la obviedad de la conclusion no abundarem os en el tema. |
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Pero aun presindiendo de la crítica ética, el peligrosismo psiquiátrico se enfrenta a otros problemas cuya inslub ilidad conlleva su invalidación en tanto justificación del encierro forzado.
La primera valla infranqueable es la imposibilidad de definir con precision la peligrosidad ¿Cuál es el criterio que determina la peligrosidad de las personas? ¿El juicio se sustenta en hechos ocurridos o en presunciones acerca de lo que puede ocurrir? Esa determinación, ¿es definitiva o pasible de ser revocada?
La dificultad de delimitar la noción de peligrosidad no es solo semántica. La operación real del aparato psiquiátrico demuestra cabalmente que se trata de una dificultad que descalifica abiertamente la práctica manicomial. Podemos suponer que si el psiquiátrico es un centro de detención de personas peligrosas o ingobernables, el mejor índice para establecer las pautas que permiten califcar a alguien como peligroso lo obtendremos analizando la población de los psiquiátricos. Pues bien, la verificación empírica quiebra todo presupuesto teórico, ya que la absoluta mayoría de los internos forzados son personas de carácter débil, pasivas, de gran dificultad relacional, hipoac tivas, indecisas, necesitadas de asistencia para actuar, sumisas. Los hechos de violencia registrados en los psiquiátricos son comparativamente escasos en relación a los verificados en las cárceles, y paradojicamente la mayoría de ellos no se debe a una "enfermedad esencial del alma", sino a la reaction que genera la pérdida forzada de libertad. Con esta crítica se disuelve la nocion de protection social, ya que la mayor parte de la poblacion de los psiquiátricos no representa peligro social alguno.
Por ultimo, otra crítica de carácter teorico y empírico, dirigida tanto al modelo terapeutico como al peligrosista, de rrumba cualquier otra intention de acudir a estas justificaciones. Se trata del problema de la definition de la locura, y en su faceta aplicada, de los sistemas de seleccion social de personas consideradas locas. Nuevamente nos detenemos a preguntar ¿ Qué es la locura? ¿Se trata de un problema de naturaleza o de un problema relacional ? ¿Se define a través de pautas absolutas o de convenciones normativas de valor relativo? ¿Cómo se conjugan autodeterminación y califcación de locura? ¿Su deter minaciön es funcional (improductividad, peligrosidad) o basta el incumplimiento de ciertas pautas socialmente aceptadas?
Sin responder a estas preguntas diremos que evidentemente existe un sistema de selección social de locura que se encarga de poblar los psiquiátricos públicos y privados. ¿Que relaciones se verifican entre la defnición teórica de locura y la población realmente reclutada en los institutos psiquiátricos?
En principio señalaremos que es imposible establecer conclusiones totalizadoras debido a la absoluta falta de discrimi nación por patologías o supuestas patologías. Alcohólicos, psicóticos, débiles mentales, vagabundos, adictos, mogólicos, personas seleccionadas por la policía por adecuarse al estereo tipo, víctimas de senilidad y abandono familiar, desposeídos, hospitalizados crónicos, presuntos delincuentes a los cuales por falta de elementos de incriminación se desvía al psiquiátrico, conviven pacífca aunque problemáticamente en las institucio nes examinadas. Haciendo uso del arsenal teórico criminológico podemos decir que en correspondencia con la operatividad del sistema penal, el reclutamiento de la clientela de los psiquiátricos se caracteriza por su funcionamiento selectivo; en otros terminos, si sostenemos el principio de "legalidad psiquiátrica", es decir, la necesidad de psiquiatrización de personas según los parámetros que justifican actualmente la internacion coactiva, muchas de las personas consideradas normales merecerían una pronta internacion. Lo que significa que existe una abultada "cifra negra psiquiátrica". En sentido inverso, podemos leer la selección psiquiátrica como absolutamente carente de unidad teórica y por lo tanto como un proceso esencialmente arbitrario que cubre funciones simbolicas. Puede ilustr arse esta afirmación diciendo que más de la mitad de los internos de psiquiátricos como el Borda son perfectamente lúcidos y que dentro de ese número hay un gran porcentaje de personas encerradas por haber sido encontradas ebrias, por provocar disturbios, por faltas insignificantes reiteradas, por vagabundeo, por dormir en lugares públicos. Todas estas personas que desde la óptica de la salud mental no precisan ningún tipo de tratamiento, encuentran en el psiquiátrico cama y comida, con lo cual su posición dentro de la institución es más favorable que en la calle, donde quedan desamparados frente a las leyes del mercado. Son estas personas las que realmente hacen funcionar el psiquiátrico estatal desde el punto de vista administrativo, ya que por el altísimo ausentism o y por la cobertura limitada al horario de trabajo de los trabajadores rentados, son ellos los que se encargan de dirigir la limpieza, distribuir los medicamentos, la comida, los elementos materiales indispensables, |

contener las crisis, atender a sus compañeros. A cambio de cama, comida y permisos de salida estos internos cu bren el rol de locos, por lo cual se los trata de acuerdo a ese rótulo administrándose les pastillas, efectuándoseles diagnósticos, sometiéndolos a entrevistas con los psiquia tras. Y tan absurda es la situa ción que por ser miserable el estipendio que asigna el esta do a los internos, estas perso nas realizan huelgas y quites de colaboración, los cuales pueden ser interpretados como medidas de fuerza frente al bajo salario que regula el estado por la tarea de representar el papel de loco.
Vulgarizando lo dicho, ni todos los locos están inter nados, ni todos los internados están locos. Trazando un paralelo con el sistema penal, este segundo problema co rrespondería al de la tipici dad, que si bien en el campo de la dogmática penal está dentro de ciertos límites re suelto, en la indefinición de la dogmática psiquiátrica permanece totalmente abier to y sin posibilidades verosí miles de resolución. Sólo el primer problema -no todos los locos están internados corresponde estrictamente en términos criminológicos al de la selectividad del sistema. Ambas cuestiones dan por tierra juntamente con las ilusiones terapéuticas y defen sistas.
Finalmente, aunque aún no conocemos formulaciones al respecto, no es difícil ima ginar un desarrollo de los postulados luhmanianos en el campo psiquiátrico, como el elaborado por Jakobs en el campo penal. Se trataría de la tesis preventivo integradora, que se haría cargo de todas las falencias de las posiciones anteriores- imposibilidad de cura, vaguedad en las defini ciones de peligrosidad y lo cura, arbitrariedad de la se lección- pero afrmaría que la función de la psiquiatrización debe ser la de proporcionar la imagen de una respuesta institucional efectiva frente al problema de la salud mental que asegure el equilibrio y renueve la confianza en el sistema.
No hay duda de que se trata de la descripción más acertada del funcionamiento real del aparato manicomial. Como dijimos páginas atrás, un manicomio colmado apa rece como una garantía de mantenimiento de la situa ción bajo control por parte del estado, sin importar quié nes lo ocupan realmente. La reclusión y aislamiento de la parte "enferma" constituye unmecanismo de afirmación de: la "sanidad" del resto del medio social. |
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La existencia del manicomo constituye además una fuerte presión autocen sora que lima las posibilida des de exceso de libertad, tanto por hiper como por hipoactividad, a semejanza de la prevención general positi va. Sin embargo incluso en el piano descriptivo esta posi ción es pasible de críticas. Se supone como fundamento naturalmente válido que el recurso del encierro dará siempre el fruto equilibrante pregonado. Este argumento es falaz, ya que si bien puede funcionar como proposición relativa a cierto espacio y cierto tiempo, no existen fun damentos para creer que pueda generalizársela eter namente. Algo similar suce día con los partidarios de la esclavitud, que aseguraban que se trataba de una institu tión natural y universalmente válida.
En este punto, la postu ra peca de excesiva soberbia, y no asimila la creciente des legitimación del sistema psi quiátrico, que ya ha dado frutos en Italia, Francia, expe riencias comunitarias estadounidenses, y que es actual tema de discusión en otros países, incluyendo a España. De nosotros depende que la deslegitimación crezca y que la confiabilidad que genera el recurso del encierro psiquiátrico se vaya quebrando, en especial a través de la difusión de las aberraciones cometidas en los manicomios públicos y privados, y de la palabra del intern y de los empleados del psiquiátrico. Para ello sería útil el poder de impacto de los medios masivos de comunicación, tal como ocurre en sentido inverso con temas como drogadicción, inefcacia de la justicia, inseguridad urbana, delincuencia juvenil, etc.
Con ello pasamos al próximo punto, que se conecta con el anterior, ya que no podemos interpretar inge nuamente la intención de justificar el secuestro institucio nal a través de la confiabili dad que produce. Lo que se describe en el piano fáctico, se propone a la vez en el piano prescriptivo como ide al de funcionamiento. Por ello la idea de legitimar la psiquia trización como recurso de equilibrio sistemático es un proposición política, que exige además un esfuerzo te órico de sostenimiento. Dada la situación humana que reviste la realidad psiquiátrica argentina, ese esfuerzo puede pasar solamente por el silencio, ya que a nivel ético el cuadro es indefendible.
No vamos a repetir la crítica ética, antropológica, y jushumanista que hemos formuladoa las otras |
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posiciones, pero digamos solamente que se repite en este caso la objetualización del ser humano, su sometimiento a condiciones indignas, su uti lización como instrumento, la anulación de su libertad con presuntas motivaciones integradoras, y en definitiva, su negación como persona. Si hemos calificado de cínica a la postura anterior, que por lo menos creía que encerraba a quienes eran peligrosos, que decir de esta tesis, que acepta que pueda encerrarse a quienquiera para asegurar la conservatión de la confiabili dad de las respuestas del sistema.
Por último, retomando el tema planteado en el pró logo, es necesario volver al mito de la conceptualizatión de la pena a través del reproche moral. Creo haber descrito bastante morbosamente las condiciones de internación psiquiátrica y no creo que existan dudas en cuanto a su vinculación directa con la realidad carcelaria. Por otro lado la situatión tampoco difiere de los casos de prisión preventiva, reclusión en insti tutions de minoridad, se cuestro en asilos de ancianos, etc., en los cuales tambien se sostiene que no existe repro che moral. La operación de estas distinciones teóricas provenientes del idealismo oscurecen la interconexión existente en los fundamentos de justificación y principios de funcionamiento de las dis tintas instituciones de secuestro, ocultando además la infertilidad del reproche moral dada la selectividad del siste ma penal, y la identidad de efectos estigmatizantes y degradantes sobre las víctimas de secuestro institutional. La situatión queda agravada cuando merced a la alegada ausencia de reproche y a una presunta necesidad social las garantías de defensa dismi nuyen o desaparecen y la posibilidad de contestar la intención de secuestro insti tucional se hace nula, como en los casos de locura, ancianidad o minoridad.
En suma, la condena a confinamiento psiquiátrico se individualiza, de acuerdo a la posición adoptada, como reclusión hasta el momento de la curación, del cese del esta do de peligrosidad o de la necesidad de garantizar la integración sistemica..
Es decir, en terminos reales, nunca. Se trata enton ces de un caso de prisión por tiempo indeterminado sujeta a una condición resolutoria de cumplimiento casi imposi ble. |

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